2006. Pinturamutante





“Un río impetuoso atravesando el centro
de día y de noche murmura saludos
misteriosos de las fuentes,
de las montañas, del azul del cielo”.
Adam Zagajewski

“Deseaba gustar la sal de tu cuerpo lozano– para
deleitarse luego en el sabor de tu saliva
(bálsamo almizclado y benéfico)”.

Emilio Adolfo Westphalen

 

La casa de las bellas durmientes

Enrique Juncosa

En una breve obra maestra del escritor japonés Yasunari Kawabata, se nos narran las diferentes visitas que un anciano realiza a un burdel donde los clientes que ya han perdido la potencia sexual como él, pueden pasar la noche junto a diferentes vírgenes durmientes. Las jóvenes están desnudas y narcotizadas, y no ven jamás a quienes les visitan. El protagonista, durante las noches en las que transcurre el relato, recuerda, mientras está abrazado a las bellas durmientes, diferentes momentos de su intenso pasado sexual, al tiempo que reflexiona sobre el avance inexorable de la vejez y la decadencia física. De hecho, durante una de las noches un cliente muere, no se sabe si a causa de su sobreexcitación o porque se suicida, y durante la última visita del protagonista, una de las jóvenes fallece, probablemente porque ha ingerido una dosis demasiado alta de somníferos. La alcahueta, sin inmutarse, le dice al cliente que tiene otra chica a su disposición. El relato abunda en detalles eróticos y está narrado con gran precisión formal. La descripción minuciosa de las durmientes, por ejemplo, logra dotarlas de una precisa individualidad. Todo transcurre además en un ambiente claustrofóbico y sofocante que Yukio Mishima describió como el de un submarino cerrado en el que se está acabando el oxígeno. Como en otras obras de Kawabata, en todo caso, la adoración de las vírgenes es un tema central. Y puesto que una virgen es inalcanzable ya que dejaría de serlo tras el acto sexual, el autor relaciona el erotismo con la muerte, situándolos en un plano ideal que exacerba el deseo y el impulso vital.   

He empezado este texto describiendo el relato de Kawabata –y volveré más adelante a él–, porque hace ya muchos años que se habla de la muerte de la pintura, alegándose, en un clima ciertamente enrarecido, que ha dejado de ser una forma adecuada de expresión artística progresista. Sin embargo, las constantes reapariciones de la pintura no hacen sino sugerir que se ha exagerado en torno a su presunta muerte. Su práctica continuada demuestra sin ninguna duda que es todavía capaz de traducir las necesidades íntimas de los artistas y del mundo en el que habitan. Una mera enumeración de pintores posteriores al minimalismo resuelve este tema con gran facilidad. Veamos aquí una lista con ejemplos de generaciones y nacionalidades distintas: Brice Marden, Gerhard Richter, Sigmar Polke, Per Kirkeby, Georg Baselitz, Martin Kippenberger, Albert Oehlen, Anselm Kiefer, Lucian Freud, Howard Hodgkin, Francesco Clemente, Terry Winters, Susan Rothenberg, Vija Celmins, Philip Taaffe, Peter Halley, Ross Bleckner, Sean Scully, Joseph Marioni, Helmut Federle, Mary Heilmann, Miquel Barceló, José María Sicilia, Juan Uslé, Domenico Bianchi, Helmut Dorner, Jonathan Lasker, Juliao Sarmento, Michel Majerus, Beatriz Milhaces, Olav Christopher Jenssen, Martin Assig, Gary Hume, Luc Tuymans, Marlene Dumas, Francis Alÿs, Franz Ackermann, Hiroshi Sugito, Takashi Murakami, Ellen Gallagher, Chris Ofili, Udomsak Krisanamis, Arturo Herrera, Margherita Manzelli, Jim Lambie, Laura Owens, Thomas Scheibitz, Lucy McKenzie, Bernard Frieze, Peter Doig, Neo Rauch, Monique Prieto, Atul Dodiya, Lari Pittman, Adrian Schiess, John Currin, Rudolf Stingel, Michael Raedecker, Cecily Brown, Jeff Koons, Damien Hirst, Cecilia Edefalk, Gabriel Orozco, Yoshitomo Nara, Julie Mehretu… Y he citado simplemente a pintores –o artistas que también pintan–, sumamente famosos sin necesidad de esforzar mi memoria ni de establecer ningún orden. Soy consciente de que su obra puede ser en algunos casos antagónica, pero más allá de decir esto no creo que se necesite ninguna otra aclaración. Todos son artistas sumamente influyentes.

Ciertamente, en cualquier caso, la influencia enorme de Marcel Duchamp en el arte actual ha desprestigiado considerablemente la práctica pictórica. Duchamp acusó a la pintura de perseguir meramente el placer visual, y defendió finalmente un arte en el que los aspectos conceptuales tuvieran preponderancia. Igualmente, los ya no tan nuevos medios digitales, la fotografía y el vídeo, han abierto nuevos caminos para la creación artística al tiempo que han permitido la elaboración de nuevos discursos relacionados con los fenómenos artísticos. Yve-Alain Bois describió en su conocido ensayo Painting: The Task of Mourning, cómo todo el proyecto de la modernidad –y pensaba especialmente en la pintura abstracta que puede ser vista como su emblema–, no hubiera funcionado sin un mito apocalíptico. La búsqueda de la pureza, de la esencialidad, de un “grado cero” para la pintura, suponía llegar a un final cuando se obtuviera esa pureza. La invención de la fotografía y de otros medios de producción masiva ayudaron, probablemente, a que la pintura se dirigiera a ese ensimismamiento esencialista, que finalmente la dejó en ese callejón sin salida. Sin embargo, parece claro ahora que ese no tenía por qué ser el único objetivo de la pintura. Hoy en día, ésta no es sino una técnica más a disposición de los artistas. Hace años además –el pintor Philip Guston lo señaló primero, y después el filósofo Arthur Danto–, que se ha entendido que la pureza no es realmente posible, puesto que el espectador y el contexto intervienen en la interpretación de cualquier obra. No es la pintura la que ha muerto, sino el discurso moderno sobre ella. Igualmente nos hemos dado cuenta –la situación política mundial actual en la que se desarrollan guerras religiosas y de recursos económicos lo muestra de forma cruda–, de que la idea de progreso era una falacia. Los escritos del analista político británico John Gray –que ve en la creencia en la idea de progreso una superstición, viéndola como una religión vacía de contenido trascendente–, son sumamente claros en este sentido.

El norteamericano Douglas Fogle escribió en su ensayo de introducción para su exposición seminal sobre la pintura reciente, Painting at the End of the World, organizada en el Walker Art Center de Minneapolis en 2001, que la obra de artistas como Daniel Buren, Paul Theck, Marcel Broodthaers o Hélio Oiticica –a quienes incluyó en su exposición junto a artistas jóvenes– logró provocar nuevas vías para la pintura actual. Curiosamente, esto se hizo a través de diferentes críticas a la pintura, como por ejemplo situar el plano del lienzo en el espacio y el tiempo del mundo tridimensional (Oiticica); optando por un estilo y una manera de representación alejada del heroísmo de la abstracción sublime (Theck); o también, finalmente, diseccionando fotográficamente el trabajo de un pintor amateur (Broodthaers). Fogle explica también cómo la lectura de un ensayo del crítico Howard Halle sobre la obra del fotógrafo alemán Andreas Gursky, le llevó a darse cuenta de que la pintura es una tarea filosófica que no tienen por qué resolverse exclusivamente pintando. La pintura, ontológicamente, organiza el mundo de una forma que no es verdadera ni ficticia exclusivamente, y para la cual puede utilizarse tanto el pincel como la cámara. Ciertamente, en las exposiciones más recientes sobre pintura actual los territorios recorridos son mucho más amplios y las categorías más difusas. Igualmente, algunos de los pintores actuales, aunque no todos, se dedican simultáneamente a varias prácticas distintas.

En el texto de introducción para el catálogo de otra exposición todavía más reciente sobre pintura actual, Infinite Painting, en este caso comisariada por Francesco Bonami y Sarah Cosulich Canarutto en la Villa Manin (Friuli Venezia Giulia, 2006), Bonami escribe que la pintura es realmente una idea y no una técnica. Esta idea –que para él puede ser explorada por otros medios como la fotografía, la escultura, el vídeo o el cine–, es la de un diafragma invisible que divide el mundo en dos, en un lado estamos nosotros y en el otro nuestra representación. Canarutto añade en su texto que la pintura actual es hija de Andy Warhol –quien favoreció técnicas de reproducción mecánica– y de Marcel Duchamp –el inventor del ready-made–, hallando en la obra de Jeff Koons la última expresión de la reconciliación de la pintura con Duchamp. Ciertamente, la pintura actual, como decíamos, no busca la pureza, ni la determinación de aquellas características excluyentes que la separan de los demás medios artísticos. Por el contrario, persigue reflejar las complejidades del momento actual con sus inestables equilibrios y abundantes contradicciones. Ni el estilo, ni la invención sintáctica son ahora prioritarios. La pintura ha dejado de desarrollarse en un camino recto para adoptar la forma de un laberinto. Su apariencia en muchos casos resulta, además, de la hibridación con otras prácticas. El deseo y la emoción, además, se suman decididamente al ejercicio intelectual.

Voy a citar, todavía, otra exposición, esta vez no tan reciente, sobre pintura. Se trata de A New Spirit in Painting, comisariada por Norman Rosenthal y Cristos Joachimides en la Royal Academy de Londres en 1980. La muestra, que probablemente fuera la primera reivindicación de la pintura después de la gran eclosión de arte conceptual, incluía la obra de neo-expresionistas alemanes y norteamericanos, la de los pintores de la Transvanguardia Italiana, a Bacon y a los pintores británicos de la llamada School of London, y algunos otros artistas como Hélion, Picasso, Marden o Ryman. La muestra no presentaba la obra de ninguna mujer y, si mal no recuerdo, sólo a dos pintores homosexuales, David Hockney y Howard Hodgkin. Estos últimos datos me parecen relevantes porque la historia de la pintura moderna del siglo XX ha sido una cuestión que tenía que ver con el poder del macho heterosexual –Warhol, Johns y Rauschenberg, no son sólo excepciones sino que probablemente los primeros pintores posmodernos–. La pintura moderna trataba sobre la autenticidad del artista, su ego, el poder de su masculinidad… El minimalismo, que es visto normalmente como el fin de la modernidad, seguía hablando de dogmas, divisiones, separaciones, poder, la modernidad misma. La obra de Agnes Martin, cuyas cuadrículas hablan de disciplinas interiores, es una rareza dentro del minimalismo. La pintura posmoderna que vino a continuación, en todo caso, fue inteligente y auto-referencial, impregnada de ironía. Ahora estamos, quizás, en lo que podríamos llamar un momento pos-posmoderno, en el que nos encontramos simultáneamente con mujeres homosexuales pintando como Malevitch o Marden (Tomma Abst), mujeres heterosexuales pintando como Bacon (Nincola Tyson), o pintores heterosexuales incorporando bordados y cosidos en sus lienzos (Michael Raedecker). Sin duda toda esta nueva pintura es sobre la libertad. Los pintores abstractos no hablan ya de sintaxis o innovación formal, sino de sentimientos y, además, cuestiones semánticas o epistemológicas.

La obra de los artistas incluidos en Pintura Mutante, seleccionados por Ignacio Pérez-Jofre, permite observar algunas de las cuestiones antes discutidas. Efectivamente no se trata de un grupo homogéneo que obedezca a una serie de ideas dogmáticas. Es un grupo que además se podría ampliar –por ejemplo con Antonio González o Miquel Mont–, como suele pasar en todas las muestras colectivas. Pero la obra de todos los artistas reunidos sugiere lo importante que son para ellos las cuestiones subjetivas. Hablando con los pintores actuales se desprende inmediatamente que lo formal es tan importante en su trabajo como los sentimientos y las sensaciones, la historia del arte, la política y la historia, las otras disciplinas artísticas, su particular biografía, etc. El estilo, si es que se da solamente uno, es una herramienta que facilita cada particular experiencia estética. Para algunos artistas como, por ejemplo, Daniel Verbis, Arancha Goyeneche o Toño Barreiro, lo formal es extremadamente importante, pero no exclusivamente. Otros, como Simeón Saiz Ruiz, son virtuosos técnicamente, aun dando prioridad a cuestiones políticas. La influencia de la fotografía, el cine y la televisión (Enrique Marty, Pablo Alonso…), la informática y las ciencias (Marina Núñez, Salvador Cidrás…), está, por otra parte, prioritariamente presente. Y podría extenderme aquí enumerando características diversas, aunque no me parece necesario.

Para acabar, simplemente, querría volver a la obra de Yasunari Kawabata, utilizando su argumento metafóricamente. Espero me disculpen si las metáforas parecen machistas, ya que esa no es mi intención. La crítica y los espectadores siguen manteniendo vivo su deseo, pero como el anciano del relato japonés, prefieren los territorios vírgenes. La pintura minimalista fue enseguida muy poco sexy. Era simplemente lo que era. La pintura de los años ochenta, por otra parte, rápidamente pareció ofrecer la experiencia de una cortesana, muy maquillada y entrada en años. Los pintores actuales –y sus espectadores–, están hallando, sin embargo, un nuevo espacio para el deseo que no es excluyente sino integrador. Es un territorio, además, que alberga la experimentación y la duda. Los artistas, como siempre, se adelantan a los discursos teóricos. La fuerza del deseo es infinita y subraya, a pesar de todo, una celebración del mundo, con sus luces y sombras constantes. La pintura no puede ser pura y es, en este invierno del mundo, un río tumultuoso.