2018 Territorio de Luz

Altamira

altamira

 

Texto y Comisariado: Noemí Méndez

La artista cántabra Arancha Goyeneche reflexiona sobre los posibles métodos de cálculo y registro prehistórico, sobre la cadencia de los ciclos lunares, estacionales y naturales tanto de la naturaleza como de la mujer, con una propuesta que pone también en secuencia y en continuidad lo anterior, los cambios de color y luz del territorio circundante a Altamira, contemplados desde el interior del abrigo que antecede a la cueva. Inspirada por importantes objetos arqueológicos, como las veintiocho líneas grabadas sobre pequeños colgantes de hueso hioides que han aparecido en el propio yacimiento de Altamira, la artista ha establecido nexos con su singular método de trabajo mediante el uso de vinilos adhesivos para componer registros o melodías rítmicas y cromáticas desde una visión contemporánea.
Para entender la época paleolítica, debemos recurrir a recopilar la información sobre los hallazgos arqueológicos, sobre las investigaciones que, con rigor científico, pueden decir cómo se han tallado las piezas que han llegado a nuestras manos o incluso saber qué comían nuestros antecesores. Pero lo cierto es que nuestra visión contemporánea puede condicionar todo lo que ésta nos hace pensar en torno a las civilizaciones que nos precedieron y esto puede ser susceptible de ser inexacto. De las certezas que tenemos, una es que Altamira parece estar destinada a activarse cíclicamente; los hallazgos en la cueva muestran restos de vida que tienen entre sí una distancia inmensa en el tiempo difícil de comprender desde nuestros ciclos como individuos.Altamira es un lugar en el que se han encontrado cuatro pequeñísimas piezas únicas con veintiocho incisiones que, evidentemente, nos invita a pensar en la importancia del recuento de los ciclos en torno a la vida, e instintivamente entenderlo como un vínculo de los ciclos naturales de la luna con la mujer. Sabemos también, con certeza, que nuestros predecesores entendían su entorno, sabían qué, cómo y cuándo recolectar, qué cazar y dónde encontrar su presa dependiendo del momento y, toda su existencia no parece ser indiferente a tener que recurrir a algún modo de rescatar el cuenteo de los días, de los meses, de las estaciones…Muchas de las líneas de investigación dentro del trabajo de Arancha Goyeneche se vinculan, también, casi de forma inconsciente, a las estaciones, al sutil paso del tiempo, a la observación tanto del individuo como de la naturaleza. Arancha deja ver mediante sus piezas ese instinto primario de entender lo que nos rodea para entendernos a nosotros mismos y a nuestra evolución. 

Territorio de Luz pretende dar visibilidad y potenciar el papel de la mujer de Altamira, ya que los pequeños colgantes tallados sobre hueso hioides, que inspiran su serie de 28  rayas, reflexionan sobre el cuenteo y su vínculo natural con lo femenino. Son unas piezas tan delicadas, pequeñas y con un número de incisiones nada trivial, que parece nos lleven irremediablemente a pensar en la mujer paleolítica.Con esta exposición, donde la figura de la mujer pintora, la mujer creadora, también se reivindica, Arancha Goyeneche consigue con sus pinturas expandidas recrear una de las visiones del paisaje, atenta a los matices cromáticos fruto de la observación y la medición de las estaciones.Es precisamente en la prehistoria donde más nos cuesta establecer diferencias de género ya que nada hay para corroborar científicamente las diferencias existentes. Nuestros ancestros no nos han dejado pistas sobre quién usaba o quién realizaba las diferentes herramientas que hemos ido encontrándonos a lo largo de los siglos.  Desde nuestra visión contemporánea,  hemos interpretado por su tamaño, delicadeza y otros sutiles matices, quién las ha podido utilizar con mayor fluidez, y ahora nosotras cuestionamos.Con la exposición Territorio de luz rescatamos también al gran ausente en las representaciones de las cuevas –protagonista por otro lado en las creaciones de Arancha–, quizás por estar tan presente en esa imponente visión desde el interior de la cueva mediante el mural de grandes dimensiones pintado con vinilo y fluorescente, ya que otra de las investigaciones más importantes en el trabajo de la artista es la luz, y no entendemos la vida si esta está ausente. La neocueva, el paisaje y la luz El planteamiento expositivo  de Territorio de luz invita al espectador a hacer un recorrido por la Neocueva, donde podrá poner atención en partes que, tal vez por la importancia de la gran sala, pasan más  inadvertidas, o ha sido menos interesantes en la visión científica, pero que a nivel plástico suscitan también un gran interés. No ha sido hasta la creación de la Neocueva cuando se ha podido entender de una forma tan contundente para el gran público cómo era la vida en Altamira. El Museo, gracias a ésta, nos ha descubierto partes de la vida cotidiana de la prehistoria que, de otro modo, no hubiésemos podido contextualizar de la misma forma. La entrada a la cueva original fue sepultada ya en la Prehistoria por un derrumbamiento que ha preservado con gran calidad el interior, pero, también, nos han facilitado una visión más sesgada a los visitantes sobre la vida en la misma.Así, nos encontraremos con la zona de hábitat dominada por esa gran visera que sirve de protección tanto para las inclemencias climáticas como de posibles ataques de animales salvajes, pero también hay que destacar que es un lugar desde el cual observan el exterior de Altamira, su entorno natural más inmediato para poder cuantificar los ciclos naturales a los que aludimos anteriormente (las estaciones, las lunas, etc). Después pasaremos a poner atención en otros símbolos de carácter abstracto, tan abundantes en número y que tantas teorías suscitan en los expertos para preguntarnos qué significado pueden tener.¿Cuál era la forma en que dialogaba el paisaje con la cueva? ¿Cómo entraba la luz? ¿Cómo afectaba a la vida en el interior? Estas y otras cuestiones invaden al visitante y surgen de la vista del exterior desde dentro de la cueva, una sensación de diálogo con el territorio y la luz que, si no se está presente, podría pasar inadvertida. La visión desde el interior de la cueva, enmarcada por la roca, sobredimensionada por la contaminación lumínica, nos impresiona y nos evoca a pensar, inevitablemente, en el tránsito de los habitantes de Altamira y en el diálogo que ejercen interior y exterior de la cueva. En la obra de Arancha Goyeneche los puntos cardinales, los colores –que traducen los amaneceres y las puestas de sol–, las coordenadas geográficas, también están presentes y, no podía ser de otro modo, al ver esa contundencia estética que nos invade desde el exterior de la cueva, nos remite a los trabajos de la artista.Arancha propone reinterpretar esa observación por medio del gran mural donde, desde su propio mundo simbólico, femenino, interior y contemporáneo, reproduce el exterior de Altamira para, después, mostrar una serie de piezas que hacen alusión a los ciclos naturales, al mecanismo de cuenteo, mediante la representación de formas abstractas (líneas y otras indeterminadas) compuestas todas ellas por 28 repeticiones.Pensar en los métodos de cuenteo en Altamira es algo casi natural. No sólo las piezas con incisiones que nos remiten a los ciclos parecen responsables de comprender la importancia de la medición de tiempos para nuestros antepasados; sin duda, la representación de las diferentes estaciones del año contiene una riqueza gráfica que nos aporta muchos datos sobre las estaciones en las que fue habitada, diferentes tipos de animales y en sus diferentes estadios estacionales, la convierten en un lugar de observación y conocimiento realmente único en el mundo.Si profundizamos, si llegamos al fondo de la cuestión, hay otra constante, otra característica significativa en las cuevas, y es la importancia de la luz. No sólo las personas en el Paleolítico buscaban y elegían el soporte o la pared adecuada de la cueva, aprovechan relieves, columnas o mantos estalagmíticos para acentuar partes o contornos de las figuras. Las cuevas en su profundidades eran iluminadas por pequeñas lámparas de tuétano, o grasa, antorchas o pequeños hogares excavados en el suelo. La llama de éstas produce una luz difusa y oscilante que da vida y movimiento a las figuras representadas.Pero si nos paramos a pensar ¿qué ocurre con el paisaje?, ¿qué ocurre con los cambios que acontecían en el territorio?. Hoy en día todavía es un enigma el significado simbólico de las representaciones que hacían los paleolíticos en las cuevas. Sabemos que eran pueblos cazadores y que pintaron y grabaron animales con gran precisión. Sin embargo, también aparecen representadas figuras zoomorfas, antropomorfas, manos y numerosos grafemas de signos muy variados y abstractos, pero ¿cuál de ellos alude al paisaje?Es curioso observar que no representan ningún otro elemento de la naturaleza, ya sean astros, horizontes, árboles, ríos… Aunque se suponga que algunos de los elementos gráficos servían para llevar una notación sobre ciclos naturales, especulando, por ejemplo, con los ciclos lunares.Con todo esto la artista Arancha Goyeneche nos presenta su propio recorrido simbólico desde la abstracción, la luz y el territorio donde se ubica Altamira. Una experimentación sobre el paisaje que, paradójicamente, ella construye con capas y capas plásticas, acumulándolas para pintar la luz que se proyecta con los colores del paisaje y también con luz, pues una seña de identidad de la autora cántabra es la incorporación de elementos lumínicos contemporáneos que sustituyen a pinceladas de gran belleza simbólica.

Territory of light ALTAMIRA EXHIBITION PROJECT

The artist from Cantabria Arancha Goyeneche reflects on the possible methods of the prehistoric calculation and recording of the moon’s seasonal and natural phases, both in nature and in women, with a proposal that sequences and endows with continuity both this and the changes in colour and light on the land around Altamira, seen from the inside of the entrance to the cave. Inspired by significant archaeological objects, such as the twenty-eight lines engraved on small hyoid bone pendants that have come to light on the Altamira site, the artist has established a link to her own unique working method by using adhesive vinyl to compose records or rhythmic and chromatic melodies from a contemporary point of view.

In order to understand the Palaeolithic period, we should have recourse to gathering information about archaeological findings and research which with scientific rigour can explain how the pieces that have come down to us were engraved, and even discover what our ancestors ate. Our contemporary vision, nevertheless, is capable of tainting our thoughts about the civilizations that preceded us and making them inaccurate.  One of the certainties we do possess is that Altamira seems to have been destined to cyclical activation; findings in the cave show remains of life with an immense distance from one to another, in a time that is never easy to understand from our own cycles as individuals.Altamira is a place where four minute and unique pieces were found with twenty-eight incisions which evidently invite us to think about the importance of counting the cycles in life, and instinctively understanding it as a link between the natural phases of the moon and those of women.  We also know, with a great degree of certainty, that our predecessors understood their surroundings; they knew what, when and how to gather, what to hunt and where to find their prey, depending on the time. Their existence does not seem to have been indifferent to preserving in a way the counting of the days, months and seasons …Many of the research lines in Arancha Goyeneche’s work are also linked, almost subconsciously, to the seasons, the subtle passing of time and the observation of both people and nature. Arancha shows us in her work that primary instinct of understanding our surroundings in order to understand ourselves and our evolution.  The idea behind Territory of Light is to make the role of women at Altamira visible, and to reinforce it, as the little pendants carved out of hyoid bones, the inspiration behind her series of 28 lines, are a reflection on counting and its natural link to the feminine. These pieces are so small and delicate - and the number of incisions is anything but trivial – that they seem to take us unavoidably back to women in Palaeolithic times. With this exhibition, where the figure of the female artist, the creative woman, is also defended, Arancha Goyeneche manages to recreate with her expanded paintings one of the visions of the landscape, attentive to the chromatic nuances from observation and the measuring of the seasons. It is precisely in prehistory where we find it most difficult to establish gender differences as there is nothing to scientifically corroborate the differences that existed. Our ancestors left us no clues as to who used or who made the different tools that we have dug up over the centuries. From our contemporary vision, we have interpreted who might have used them with greater ease from their size, delicacy and other subtle nuances, and now we as women are asking the questions. With the Territory of light exhibition we have also rescued the main absence from the depictions in the caves – the main player in Arancha’s creations – maybe because it is so present in that imposing vision from the inside of the cave in the large mural painted with vinyl and fluorescent illumination, as another major point in the artist’s research is light, and we cannot understand life in the absence of light.  The neocave, the landscape and the light The approach of the Territory of light exhibition invites viewers to walk around the Neocave, where they can see details that otherwise go unnoticed, possibly because of the importance of the main room, or because they have not played such an interesting role in the scientific vision, but which on a plastic level also awaken a profound interest. It was not until the Neocave was created that the general public was able to understand so clearly what life was like in Altamira. Thanks to this, the Museum has revealed aspects of daily life in prehistory which we would not otherwise have been able to contextualize in the same way. The entrance to the original cave was already buried in Prehistory by a landslide which preserved the interior with excellent quality, but which also gives visitors a more biased vision of what life was like inside. And so we come across the living area, overshadowed by this great visor which serves as both protection against bad weather and also from possible attacks by wild animals, but we should also point out that it is a place from which the inhabitants observed the outside of Altamira, their most immediate natural surroundings, in order to be able to quantify the natural cycles we referred to above (the seasons, the moon, etc.). We shall then see other symbols of an abstract nature, so abundant in number and which have given rise to so many different theories among experts that we can only ask what meaning they might hold. How did the landscape enter into dialogue with the cave? How did the light get in? How did it affect life inside? These and other questions are formed in visitors’ minds and arise from the view of the outside from the inside of the cave, a sensation of dialogue with the territory and the light, which could go unnoticed if you are not there in person. The view from inside the cave, with a stone frame, over-dimensioned by light contamination, impresses us and leads us unavoidably to think of the transit of the inhabitants of Altamira and the dialogue between the inside and the outside of the cave. In Arancha Goyeneche’s work, the cardinal points, the colours – which translate dawns and sunsets – geographical coordinates, are also present, and as could not be otherwise, seeing this aesthetic solidity that fills us from the outside of the cave refers us to the artist’s work. Arancha attempts to reinterpret this observation by means of a great mural, where, from her own symbolic, feminine, inner and contemporary world, she reproduces the outside of Altamira, and then shows a series of pieces which allude to the natural cycles, the counting device, by means of the depiction of abstract forms (lines and other indeterminate shapes) all consisting of twenty-eight repetitions.Thinking of the counting methods at Altamira is almost natural; not only do the pieces with incisions referring to cycles seem to be responsible for understanding the importance of measuring time for our ancestors, but without doubt the depiction of the different seasons of the year contains a graphic wealth that provides us with plenty of data about the seasons in which it was inhabited, different kinds of animals in their different seasonal state, making it a truly unique place of observation and knowledge throughout the world. If we go deeper into the matter, there is another constant, another significant characteristic of the cave – the importance of light. People in the Palaeolithic did not just find and choose an appropriate base or wall in the cave, but they also took advantage of reliefs, columns and stalagmites to highlight parts or outlines of figures. The depths of the cave were illuminated by marrow or fat lamps or by torches and small fires dug into the ground. The flames produced a dim and shaky light that endowed the figures depicted with life and movement. And yet if we stop to think, where was the landscape? Where were the changes taking place in the territory? Even today the symbolic meaning of the Palaeolithic depictions in the caves remains an enigma. We know that the people were hunters and that they painted and engraved animals with great accuracy. There are also, however, zoomorphic and anthropomorphic figures, hands and numerous graphemes with varied and abstract signs, but which one of them alludes to the landscape?It is curious to observe that they did not depict any other element in nature, no stars, no horizons, no rivers or trees … although we can suppose that some of the graphic elements served to carry annotations about the natural cycles, speculating, for example, with the phases of the moon. With all this Arancha Goyeneche presents us with her own symbolic route from abstraction, light and the territory where Altamira lies. It is an experiment with the landscape, which she paradoxically builds up with numerous plastic layers, accumulating them to paint the light projected with the colours of the landscape and also with the light, as one of her hallmarks is the incorporation of contemporary elements of light which replace the brushstrokes of great symbolic beauty.